De capitán de Fuerzas Especiales a Influencer

De capitán de Fuerzas Especiales a Influencer Capitán Cárcamo

De Capitan de Fuerzas Especiales a influencer…

La simulación táctica, los “murciélagos” y el nacimiento de los “milicletos”

Por Redacción de Cadena de Mando 

31.10.2026

Una cosa es acercar al Ejército Mexicano a la sociedad y otra muy distinta es convertir su identidad, sus capacidades y sus símbolos en recursos de promoción sin medir las consecuencias.

La participación del capitán Jesús Cárcamo Barroso en la producción de Netflix Habilidad Física 100: México, las entrevistas posteriores en las que se le presenta vinculado con las Fuerzas Especiales y la polémica por las bicicletas destinadas a labores de vigilancia en Mazatlán —bautizadas en redes como los «milicletos»— parecen asuntos sin relación. Uno pertenece al terreno de la comunicación institucional; el otro, al de las decisiones de equipamiento y operación.

Sin embargo, ambos permiten plantear una misma pregunta: ¿por qué se están tomando ciertas decisiones para proyectar una imagen del Ejército y a costa de qué?

En un caso, la discusión gira alrededor de la exposición pública de una figura militar asociada con unidades de élite. En el otro, sobre la pertinencia de una adquisición, su costo y su utilidad para las tareas que deben realizar los elementos en el terreno.

No se trata de cuestionar la necesidad de que las Fuerzas Armadas se comuniquen con la población ni de negar que puedan incorporar nuevos medios para cumplir sus funciones. Se trata de revisar si las decisiones conservan la congruencia entre lo que la institución representa, lo que anuncia y lo que realmente necesita su personal.

Cárcamo y la construcción de una imagen de élite

La trayectoria pública de Jesús Cárcamo permite reconstruir una secuencia. En 2021, la Secretaría de la Defensa Nacional lo identificó como teniente en una publicación relacionada con Spartan Race. En 2024, la revista Expansión lo presentó como capitán segundo del Arma Blindada.

El 16 de septiembre de 2026 se estrenó Habilidad Física 100: México, producción que lo colocó ante una audiencia mucho más amplia. A partir de entonces, su imagen comenzó a relacionarse con mayor insistencia con las Fuerzas Especiales.

El 20 de septiembre, Eje Central publicó un perfil que lo vinculó con los «murciélagos»; dos días después, Expansión amplió esa asociación. Entre el 30 de septiembre y el 2 de octubre se sucedieron entrevistas y contenidos en Radio Fórmula, con Joaquín López-Dóriga, y con Guillermo Ortega, además de una cobertura desde el Centro de Adiestramiento de Fuerzas Especiales en Temamatla.

La cronología importa. Las referencias públicas a su grado y trayectoria en el Arma Blindada no acreditan, por sí mismas, que su adscripción orgánica sea al Cuerpo de Fuerzas Especiales. La pertenencia, la trayectoria, las funciones y las responsabilidades operativas requieren claridad. No es lo mismo pertenecer al Ejército, tener una trayectoria militar reconocida y estar adscrito a una unidad especializada.

La discusión no consiste en convertir a Cárcamo en el blanco de una crítica personal ni en cuestionar su derecho a participar en una producción. El punto es la manera en que se construye y proyecta esa imagen, y la decisión institucional de asociar públicamente una figura mediática con el prestigio de una unidad cuya identidad tiene implicaciones operativas.

Para entender por qué esa diferencia importa, primero hay que entender qué representan las Fuerzas Especiales.

El verdadero rostro del miedo: ¿por qué un operador jamás expone la cara?

Las Fuerzas Especiales no son una unidad de exhibición ni un grupo de soldados con mejor condición física. Son personal seleccionado y preparado para cumplir misiones que requieren capacidades específicas, coordinación, autonomía y un nivel de adiestramiento superior al de las operaciones convencionales.

Su trabajo puede incluir reconocimiento especial, obtención de información en zonas de alto riesgo, infiltración, acción directa contra objetivos de alto valor, rescate de rehenes y recuperación de personal. Son misiones que exigen planeación, inteligencia, precisión y capacidad para actuar en escenarios donde el margen de error puede determinar el resultado de toda una operación.

En el Ejército Mexicano, estas capacidades están asociadas con el Cuerpo de Fuerzas Especiales, cuyos integrantes son conocidos popularmente como los «murciélagos». En la Armada, la Unidad de Operaciones Especiales (UNOPES) desarrolla funciones especializadas dentro del ámbito naval.

Y es precisamente por esas capacidades que su presencia impone respeto —y temor— entre las organizaciones criminales. No se trata solamente del armamento o del equipo que llevan consigo. Es el adiestramiento, la inteligencia, la preparación y la capacidad de ejecutar operaciones contra objetivos prioritarios lo que convierte su intervención en un factor de presión para quienes se encuentran del otro lado.

En muchas operaciones, la detención de un objetivo prioritario puede concretarse sin que se produzca un solo disparo. Cuando existe resistencia armada, el desenlace puede ser distinto, pero la finalidad sigue siendo cumplir la misión y neutralizar la amenaza.

El verdadero peso de una fuerza especializada también se mide por las operaciones que consigue resolver sin necesidad de convertir cada intervención en un enfrentamiento, dada la capacidad de intimidación y disuasión que poseen estos elementos de élite.

Por eso, el anonimato de sus integrantes no es una pose ni una afición al misterio.

Un operador no protege su rostro por vanidad. Lo protege porque su identidad puede convertirse en una referencia para quienes buscan conocer sus movimientos, reconocerlo en otros escenarios o identificar a las personas que forman parte de su vida.

El rostro de un operador no solamente lo identifica a él. También puede poner en el radar a su esposa, sus hijos, sus padres, sus hermanos y sus amigos.

La exposición de un integrante de una unidad especializada puede facilitar que terceros relacionen su identidad con determinadas actividades, lugares, compañeros o estructuras de trabajo. El riesgo no termina cuando concluye una operación ni desaparece cuando el militar regresa a casa. Su entorno familiar y social también puede convertirse en un punto de vulnerabilidad.

Por eso, la reserva de identidad tiene una dimensión operativa y humana. No se protege únicamente al hombre o a la mujer que porta el uniforme: se protege también a quienes nunca eligieron participar en esa vida militar.

La diferencia puede observarse en la propia representación pública de las Fuerzas Armadas. En exposiciones institucionales como La Gran Fuerza de México, el personal de Fuerzas Especiales y los francotiradores suele aparecer con el rostro cubierto, mientras que otros elementos, como los de Infantería, pueden mostrarse descubiertos.

No es una decisión estética. Es una forma de representar que las especialidades militares tienen responsabilidades y necesidades de seguridad diferentes.

De los «murciélagos» a los «milicletos»: el criterio detrás de las decisiones

La misma exigencia de congruencia aparece en otro terreno: el equipamiento que se destina al personal para cumplir sus funciones.

En Mazatlán, la entrega de bicicletas para labores de vigilancia y patrullaje dio origen a los llamados «milicletos». La decisión provocó cuestionamientos sobre su pertinencia operativa y se sumó el señalamiento de un sobrecosto superior a diez mil pesos por bicicleta.

La bicicleta puede ser útil para determinadas tareas de proximidad. Pero eso no elimina la obligación de explicar por qué se eligió ese equipo, qué necesidades pretende resolver, en qué condiciones se utilizará y cómo se justificó el precio pagado.

No basta con anunciar una adquisición ni con presentarla como una innovación. Hay que demostrar que responde a una necesidad real y que es adecuada para la misión. Cuando además existe un señalamiento de sobreprecio, la obligación de transparentar la decisión es todavía mayor.

Aquí aparece el punto de encuentro entre ambos casos. En uno, se proyecta públicamente la imagen de un militar asociada con una unidad especializada; en el otro, se destina determinado equipo a personal que realiza tareas de vigilancia. Son decisiones de naturaleza diferente, pero las dos exigen una evaluación que no puede quedarse en la presentación, la fotografía o el anuncio.

La tropa conoce la diferencia entre una capacidad operativa y una puesta en escena. Sabe cuándo el equipo responde a una necesidad del servicio, cuándo una instrucción tiene sentido en el terreno y cuándo una decisión tomada lejos de la operación termina generando dudas entre quienes deben ejecutarla.

Veredicto de Mando

El problema no es que un militar aparezca en una plataforma de entretenimiento, conceda entrevistas o participe en actividades de comunicación institucional. Las Fuerzas Armadas también necesitan construir una relación cercana con la sociedad. La pregunta es por qué se están tomando ciertas decisiones para conseguirlo y a costa de qué.

Porque una cosa es acercar al Ejército a la población, explicar sus capacidades y fortalecer la confianza civil-militar; otra muy distinta es convertir su identidad en espectáculo, trivializar el prestigio de sus unidades o proyectar una imagen que termine por denigrar aquello que se pretende representar.

¿En qué momento la promoción institucional deja de fortalecer la imagen del Ejército y comienza a degradarla? ¿Cuánto prestigio militar se está dispuesto a poner en juego para conseguir visibilidad?

Y la misma exigencia debe aplicarse a las decisiones materiales. ¿Qué criterio determina que un equipo es adecuado para una misión? ¿Quién evalúa su utilidad, su costo y las condiciones reales en las que tendrá que utilizarlo? ¿Qué ocurre cuando una decisión institucional genera más dudas que soluciones entre quienes deben llevarla a la práctica?

El caso de Cárcamo y el de los «milicletos» no son equivalentes. Tampoco deben confundirse. Pero ambos muestran por qué la imagen pública y las decisiones operativas no pueden separarse del criterio de mando.

La tropa conoce el valor de la discreción, la disciplina y el prestigio de una unidad especializada. También conoce la diferencia entre recibir equipo que responde a una necesidad y tener que adaptarse a decisiones que no necesariamente nacieron de la realidad del terreno.

Por eso, estas preguntas no deberían interpretarse como un cuestionamiento a las Fuerzas Armadas en su conjunto. Exigir congruencia, claridad y responsabilidad en las decisiones también es una forma de exigir que la institución preserve sus capacidades y la confianza que ha construido.

La disciplina militar exige cumplir las órdenes; la responsabilidad del mando exige que las decisiones tengan sentido.

Cuando se trata de Fuerzas Especiales, de la exposición de sus integrantes o del equipo destinado a una tarea de seguridad, el criterio institucional no puede quedar subordinado a la imagen, la ocurrencia o el anuncio.

La pregunta incómoda no es si la Sedena debe comunicar más o menos. Es si está comunicando y decidiendo con el mismo rigor con el que exige actuar a su personal.

 

Por Redacción de Cadena de Mando

[email protected]
Más de Cadena de Mando en Milenio

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *